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La doble vida del actor Philips Seymor Hoffman I elmundo.es

A finales de diciembre, en un grupo de terapia para drogadictos al sur de Manhattan, Philip Seymour Hoffman (46) levantó la mano y se presentó. Dijo su nombre y anunció que llevaba 28 o 30 días “sobrio”. El actor estaba lúcido e iba bien vestido y afeitado, según contó un compañero de Narcóticos Anónimos al ‘New York Times’ esta semana: “Tenía muy buen aspecto. Parecía completamente normal”.

Pero, en realidad, no lo era tanto. Un par de meses antes se había mudado a un apartamento en la calle Bethune, una callejuela del West Village neoyorquino. El piso estaba a pocas manzanas de la casa de la calle Jane, donde había vivido hasta entonces con Mimi O’Donnell, una diseñadora de vestuario y directora artística teatral con quien compartía su vida desde hacía 15 años y con la que tenía tres hijos: Cooper (10), Tallullah (7) y Willa (5).

Su vida parecía corriente hasta unas horas antes de que su cadáver fuera encontradophilips seymor hoffman

Vecinos y conocidos describen la relación de la pareja como “intermitente” en los últimos meses. Se seguían viendo a menudo y Hoffman hacía planes con sus hijos. Días antes de su muerte, los llevó a un restaurante cerca de casa y varios testigos relatan haber visto allí una escena familiar de un padre encantado que se reía mucho con sus niños. Su vida parecía corriente hasta unas horas antes de que su cadáver fuera encontrado el domingo pasado con una aguja clavada en el brazo y rodeado de papelinas de heroína. De hecho, el sábado fue a tomar el ‘brunch’ con unos amigos en The Standard, un lujoso y moderno hotel junto a la High Line, el parque construido en las antiguas vías elevadas del metro en el oeste de Manhattan.

Uno de sus mejores amigos, el guionista David Katz [ha asegurado que demandará a la revista National Enquirer por publicar que, en realidad, él y Hoffman eran amantes], lo había visto unos días antes y le pareció que el actor estaba “sobrio y limpio, como antiguamente”. “De verdad creía que ese capítulo había terminado”, dijo. Pero no era así. Katz fue la persona que encontró el cadáver.

Hoffman había sido un adicto a la heroína y otras drogas cuando era un veinteañero en la Universidad de Nueva York. En 2006, confesó los abusos de su juventud durante una entrevista en ’60 Minutes’, el programa de la CBS: “Todo eran drogas y alcohol. Consumía cualquier cosa que me daban. Me gustaba todo. Pero al final fui a un centro de desintoxicación y lo dejé con 22 años. Aquello me dio pánico. Comprendo muy bien a esos actores jóvenes que tienen 19 años y que de repente son guapos, ricos y famosos. Si entonces hubiera tenido tanto dinero, hoy estaría muerto”, confesó.

Recaída en otoño

En otra entrevista posterior publicada en ‘The Guardian’ se quejaba sin embargo del énfasis que había puesto la CBS en ese relato: “Hablamos durante cuatro horas y varios días, y eso fueron unos dos minutos y no tan importantes. Es algo que pasó cuando tenía 22 años. Fue un hecho grave, pero también hubo otros importantes que me formaron”.

En mayo, ingresó en un centro de desintoxicación de Nueva York durante 10 días

Según el propio actor, después de más de dos décadas sin probar las drogas, recayó por primera vez el año pasado. En mayo, ingresó en un centro de desintoxicación de Nueva York durante 10 días. Él mismo contó a la web TMZ que había “metido la pata”. Entonces aseguró que volvía a renegar de las drogas.

Colegas y críticos alababan su trabajo en el cine o en Broadway, donde protagonizó ‘Muerte de un viajante en 2012’. El versátil actor de Capote encajaba bien en los personajes de cínico, deprimido y pasado de rosca como el entrenador de Moneyball o el consultor político de ‘Los idus de marzo’. Pero casi cualquier actuación era bien recibida.

Seguía con sus proyectos en teatro y cine, no se perdía ningún estreno (el último, Esperando a Godot con Ian McKellen y Patrick Stewart) y acudía a festivales con regularidad, por ejemplo el de Sundance en Utah, el pasado 19 de enero.

Como un mendigo

En la mayoría de las citas parecía ser el de siempre, rápido de mente y cercano con sus amigos y sus hijos. Pero también estaba más gordo y despeinado que de costumbre y a veces aparecía muy cansado, como si no hubiera dormido nada la noche anterior.

En un vuelo de Atlanta a Nueva York a finales de enero, de vuelta del rodaje de ‘Los juegos del hambre’, Hoffman tuvo que ser escoltado por agentes de seguridad porque no se mantenía casi en pie y estaba desorientado. Varios testigos cuentan que tiró los zapatos en la cinta de seguridad, estuvo a punto de perder los pantalones y apenas entendía lo que se le decía. Otra persona llegó a creer que era un mendigo.

En la mayoría de las citas parecía ser el de siempre, rápido de mente y cercano con sus amigos y sus hijos.

O’Donnell, la madre de sus hijos, contó que lo vio a las dos de la tarde del sábado en un parque de juegos donde quedaron para estar con sus hijos. Entonces le pareció que el actor estaba “colocado”. También habló con él por la noche y tuvo la misma impresión. Al día siguiente, cuando no apareció a las nueve de la mañana para recoger a los niños, ella se alarmó. Llamó a David Katz, una de las últimas personas que intercambió mensajes con Hoffman.

A las 20.45 del sábado el actor le mandó un par de mensajes proponiéndole que fuera a su casa a ver el final del partido de los Knicks y sugiriéndole que se pasara por allí “sobre las 22.15”. Katz no vio el mensaje hasta casi dos horas después. “Acabo de salir de cenar. ¿Dónde estás?”, le escribió a las 23.30 horas. Hoffman no contestó.

Ante la preocupación de O’Donnell y su propia inquietud, Katz pidió a la asistente del actor las llaves de su casa. Los dos entraron en el apartamento. Se lo encontraron tirado en el suelo del baño, en camiseta y calzoncillos y con una jeringuilla clavada en el brazo junto a decenas de papelinas vacías y un vaso de plástico con agujas usadas. Hoffman aún llevaba las gafas puestas.

O’Donnell se puso a gritar cuando lo supo. Entró en la casa de Hoffman, pero la policía y los servicios de emergencias no la dejaron llegar hasta el lugar donde estaba el cadáver. Tuvo que declarar durante horas como parte de la investigación abierta para esclarecer la muerte del actor y localizar a sus camellos.

La escena era la de un adicto que compraba muy a menudo.

La policía encontró más de 50 papelinas con los sellos de un as de espadas y un as de corazones, las marcas de las drogas. La heroína estaba junto a fármacos para intentar curar la adicción.

Sólo dos días después, la policía detuvo en un edificio de la calle Mott, en el norte del Soho a tres hombres y una mujer que podrían haberle vendido drogas a Hoffman. Los arrestados fueron Robert Vineberg, un músico de 57 años, Thomas Cushman, 48, y la pareja, Max Rosenblumm, y Juliana Luchkiw, de 22 cada uno. Vivían en el mismo edificio al que se cree que Hoffman acudía en busca de heroína.

Sus camellos

Todos fueron imputados por posesión de drogas, pero sólo Vineberg tenía un cargamento significativo en su casa y una conexión más clara con el actor. El número de Hoffman estaba en la agenda de su móvil. En casa de Vineberg se encontraron la mayoría de los tres centenares de papelinas incautadas en el registro. Su hija confesó al ‘New York Post’ que su padre conocía a Hoffman desde el otoño pasado.

El abogado de Vineberg asegura que su cliente no tuvo ningún papel en la muerte del actor: “Buscar un chivo expiatorio para resolver el caso de la sobredosis de un adicto es misión imposible. Mi cliente no es responsable de su muerte”.

No está claro quién recibió el efectivo que Hoffman llevaba encima la última noche de su vida. Fuentes policiales aseguraron al ‘Wall Street Journal’ que el actor sacó 1.200 dólares (unos 900 euros) del cajero entre las 20.00 y las 21.00 horas. No encontraron ese efectivo en su apartamento.

El actor había vuelto a enfrentarse a sus viejos demonios. El guionista Aaron Sorkin cuenta que cuando rodaron juntos en 2007 La guerra de Charlie Wilson Hoffman y él solían hablar de sus adicciones del pasado. En los descansos, salían del estudio a pasear y comentar los horrores del abuso de drogas. El creador de El ala oeste de la Casa Blanca recuerda en Time una conversación con Hoffman que le dejó impresionado: el guionista le contó al actor su adicción pasada, pero le dijo que se sentía “afortunado” porque era “quisquilloso” y tenía miedo a las agujas. Hoffman le aconsejó que siguiera «siendo quisquilloso». «Si uno de nosotros muere por una sobredosis, probablemente habrá 10 personas que no morirán». Sorkin explica: “Quería decir que nuestras muertes saldrían en las noticias y tal vez asustarían a alguien tanto como para dejar las drogas”.

El guionista tiene claro qué le pasó a Hoffman: “No murió porque estuviera todo el día de fiesta salvaje o porque estuviera deprimido. Murió porque era un adicto”.

 

Para acudir a la fuente, pinche en el siguiente enlace:

http://www.elmundo.es/loc/2014/02/08/52f548c2ca4741b9158b457f.html

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